Hemingway pescó en España

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Hemingway pescó en España

Hemingway pescó en España

Ernest Hemingway tenía 25 años de edad y ya pensaba en la muerte

Llegó a imaginar el descanso eterno de su alma en un paraíso compuesto por dos asientos de barrera en una plaza taurina, no lejos de cuya puerta de entrada corriera un arroyo en el que sólo él tuviera el salvoconducto divino para lanzar las líneas. España, país de toros y de truchas, había hechizado al joven corresponsal norteamericano desde los primeros contactos y el encantamiento perduraría a lo largo de los años, a través de guerras y novelas, de amores, viajes y percances, hasta el final mismo de su vida.

Hemingway descubre la fiesta taurina en España

Hacia finales de junio de 1923 toma un tren en París para presenciar en la capital de Madrid la primera corrida de toros de su vida. Desde ese primer momento en el que cruza la frontera, se siente fascinado por los violentos contrastes del paisaje que conforman el panorama español, la policromía de sus pueblos ancestrales, la autenticidad de sus gentes, diversas en su idiosincrasia de una región a otra, y hasta por la luminosidad del aire y las fragancias que descubría. Desde el primer momento que asistió a su primera corrida de toros en Madrid, se enamoró del arte de la tauromaquia, tan en debate en la actualidad, y decidió seguir el programa de la temporada taurina de ese año, asistió en total a 16 corridas y recorrió de norte a sur toda la península ibérica. No sólo asistió a los eventos taurinos sino que también admiro la pluralidad que englobaba el territorio español.

Hemingway y los toros

Hemingway fascinado por la pesca española

Alerta para sus temas favoritos, era imposible para Hemingway no descubrir los ríos y arroyos españoles en sus desplazamientos vertiginosos tras las cuadrillas de los toreros. Al paso del vehículo en que viajaba o tomando un aperitivo en un café de la ciudad recién descubierta, habría de ver a los pescadores con sus aparejos y la cola indiscreta de una trucha, asomando envidiable por la boca del zurrón o la cesta de mimbre. ¿Quién sabe la traería expuesta el aficionado, orgulloso y provocativo, para tentar al comprador de cuyos bolsillos saldrían las pesetas para el vino de la tarde?

Qué poco tardaría la indagación, el diálogo inquisitivo y metódico forzando la diferencia del idioma, para saber dónde, a qué hora, con cual carnada y avío el pez había sido cobrado; luego sopesarlo, pesarlo para mayor exactitud, admirar su colorido, talla y buena salud. Así una y otra vez, en uno y otro sitio, hasta formar la convicción, o inventarla si era preciso, que lo llevó a declarar, desde el título mismo de la crónica que publicó el Toronto Star Weekly el 17 de noviembre de 1923, que España tenía la mejor pesca de truchas en Europa.

Cuando describe el arte de la lidia, dice a veces que el toro se mueve en el ruedo como un gato, y otras que salta como una trucha. Pamplona, en la falda de los Pirineos, fue la ciudad española que más lo impresionó en los primeros tiempos. Eran los Sanfermines de la primera semana de julio lo que le arrastraba; se levantaba de madrugada fascinado para ser testigo de los encierros y corría envuelto en el tumulto por las calles estrechas, escapando, persiguiendo, acompañando, a los toros fuertes, fieros y de astas puntiagudas, que de cuando en cuando mandaban a alguno al hospital con las costillas comprimidas o una cornada en el hombro.

Hemingway y las truchas

En la fiesta de San Fermín de 1924, Ernest y Hadley, su primera mujer, se lo pasaron en grande y luego se reunieron con varios de sus amigos en una villa de los Pirineos para pescar truchas en el río Irati y en algunos de sus afluentes. Después de conseguir en Pamplona las licencias de pesca necesarias, tomaron un ómnibus atestado para hacer el trayecto de 40 kilómetros hasta Burguete. Viajando hasta el norte, en dirección al macizo montañoso, Hemingway tomaba notas, admirado, del deslumbrante panorama que aparecía a su vista al recorrer la estrecha y polvorienta carretera, trigales, colinas áridas, pueblos tan antiguos como las piedras; luego viñedos, árboles a ambos lados del camino, vistiendo los diferentes caminos que recorría donde un toque de color naturaleza, y montañas de apretado bosque al final del trayecto. Era un paisaje tan llamativo como variopinto para Ernest.

Burguete, que dicen que apenas ha cambiado hasta el día de hoy, era una doble hilera de casas centenarias junto a la carretera. El hostal donde se alojaron, una sólida construcción de muros blancos de piedra, había sido construido con típicos tejados rojos a dos aguas. Tomaron la habitación número ocho y algunas otras las ocuparon los amigos que acompañaban a Ernest en este viaje tan especial como William Bird y su esposa, Erick-Dorman Smith, John Dos Passos, Robert Mc Almon y George O’Neil, tropa de jóvenes intelectuales a quienes Hemingway había reclutado con tentadoras descripciones desde su visita del año anterior a España. Era imposible rechazar tal invitación para visitar, el que para Hemingway era el país de los toros y las truchas. En ese momento hacía mucho frío y el aposento era austero, pero acogedor.

Se pusieron en marcha temprano en la mañana. Hemingway había realizado unas cuantas largas caminatas en su vida como por ejemplo cuando fue de excursión al río Fox y luego al Soo canadiense, y aun antes, cuando abandonaba el vapor antes de llegar al puerto de destino para conocer la región al sur del lago Walloon. Era un hombre al que su cuerpo le pedía constantemente aventura y descubrimiento. No obstante, aún con toda esa experiencia, aseguró que le había parecido agotadora la caminata desde Burguete hasta las cabezadas del río Irati. Escribió que era un viaje de 15 millas, sin dejar muy claro que esa era la distancia del trayecto total de ida y retorno; también exageró la altitud de la región, que no llegaba a alcanza los 1200 metros sobre el nivel del mar como indicaba, sino un poco menos. Ernest, que había tenido que esforzarse bastante para ser aceptado en una redacción, se tomaba curiosas licencias como reportero.

Hemingway y pesca

A pesar de todo aquello, hay que apuntar como cierto que la caminata es algo más larga de lo que hoy recorre en el día un senderista con una experiencia media, sin obviar los desniveles debidos a la topografía que no son precisamente sencillos de recorrer. Luego había que ponerse a pescar las truchas tan ansiadas por el periodista americano. Ese era su afán desde el momento en el que se despertaba y en el momento en que arrancaba con el recorrido a temprana hora de la mañana.

Para comenzar, ya habiendo llegado a su destino, escogieron las represas de los arroyos Txangos e Itolaz, más allá del viejo caserío de Fábrica de Orbaiceta, donde les aseguraron, algunos de los lugareños con los que intercambiaron algunas palabras, que podrían coger las truchas más grandes que encontrarían por la zona. Los diques de las represas habían sido de piedra desde siempre, hacía ya mucho tiempo, pero una crecida los había destruido y en 1924 el agua era retenida en ellas por troncos de árboles que habían quedado aprisionados en los restos de los dos muros, que antiguamente formaban el dique. Estos eran puntos excelentes para la pesca a fondo con carnada de saltamontes y lombrices de tierra. Más abajo, donde los dos arroyos se unen para formar el Legarza, que es afluente del Irati, había buenos sitios para pescar a la mosca.

Esta fue, junto con el arte de la tauromaquia, la actividad más deseada y practicada por Ernest Hemingway en todo momento que estaba por los llamativos y admirados paisajes de la geografía española. Fue un hombre aventurero dedicado a su periodismo y sus grandes amores de España, de la cual estaba enamorado, pero, sin duda alguna, de sus truchas, sus toros y sus gentes.

By | 2015-04-20T15:13:56+00:00 abril 20th, 2015|Revista "El Andarríos", Viajes|0 Comments

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Empresario, pescador y cocinero desde hace 40 años, en su experiencia profesional ha "metido" por medio a la pesca siempre que ha podido. Enamorado del campo y de los ríos, no pierde una oportunidad de pasear por la rivera de cualquier río castellano o de cualquier fogón manchego o asturiano.

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